La tecnología cambiará el papel del trabajo humano.

 

La promesa de la inteligencia artificial (IA) y la automatización plantea nuevas preguntas sobre el rol del trabajo en nuestras vidas. La mayoría de nosotros permaneceremos enfocados durante décadas en actividades de producción física o financiera, pero a medida que la tecnología proporcione servicios y bienes a un coste cada vez más bajo, los seres humanos se verán obligados a descubrir nuevos cometidos, no necesariamente relacionados con la forma en la que hoy concebimos el trabajo.

Parte del desafío, como propuso el economista Brian Arthur “no será económico sino político”. ¿Cómo se distribuirá el botín de la tecnología? Arthur señala la agitación política actual en Estados Unidos y Europa en parte como resultado de la brecha entre las élites y el resto de la sociedad. Cuando avance más el siglo XXI, las sociedades descubrirán cómo distribuir los beneficios productivos de la tecnología por dos razones principales: porque será más fácil y porque deben hacerlo. Con el tiempo, la tecnología permitirá más producción con menos sacrificio. Mientras tanto, la historia sugiere que la concentración de la riqueza en muy pocas manos conduce a presiones sociales que se abordarán a través de la política o la violencia, o ambas cosas.

Esto plantea un segundo desafío más difícil: a medida que los beneficios de la tecnología se vuelven más accesibles, a través de la reforma o la revolución, muchos de nosotros nos enfrentaremos a esta pregunta: “cuando la tecnología puede hacer casi cualquier cosa, ¿qué debo hacer y por qué?”.

Especialmente desde la Revolución Industrial, la tecnología ha hecho que una porción cada vez mayor de la humanidad se aleje de la producción de productos básicos para la vida. Mientras que muchas personas permanecen atrapadas en una lucha diaria por la supervivencia, un porcentaje menor de humanos está libre de esa presión. A medida que la IA y los sistemas robóticos se vuelvan mucho más capaces y comprometidos, el trabajo seguirá progresando sin nosotros, quizás alcanzando lo que John Maynard Keynes describió como desempleo tecnológico, en el que la tecnología reemplaza la mano de obra humana mucho más rápido que la velocidad a la que descubrimos nuevos puestos de trabajo. Keynes predijo que esto solo sería “una fase temporal de inadaptación”, y que dentro de un siglo la humanidad podría superar su desafío económico fundamental y liberarse de la necesidad biológica de trabajar.

Esta es una visión esperanzadora, pero también un camino sinuoso y peligroso. Keynes advirtió: “si se resuelve el problema económico, la humanidad se verá privada de su propósito tradicional… Sin embargo, no hay ni país ni pueblo, creo, que pueda esperar la era del ocio y la abundancia sin temor”. Con inquietud, Keynes se preguntó cómo las personas enfocarían sus atenciones, intereses y temores cuando se les absuelve de ganarse la vida. A medida que nos desconectemos de las actividades tradicionales, ¿cómo evitaremos un futuro nihilista de Huxlian? ¿Cómo definiremos nuestro propio sentido de propósito, significado y valor?

Podemos explorar esta cuestión a través del trabajo de la filósofa, historiadora y periodista Hannah Arendt, quien en la década de 1950 diseñó un marco de largo alcance para comprender toda la actividad humana. En “The Human Condition“, una obra hermosa, desafiante y profunda, Arendt describe tres niveles de lo que ella define, después de los griegos, como la “vita activa”.

La fuerza trabajadora genera necesidades metabólicas, como los alimentos, que sostienen la vida humana. El trabajo crea los artefactos físicos y la infraestructura que definen nuestro mundo y, a menudo, duran más que nosotros, desde los hogares y los bienes hasta las obras de arte. La acción incluye actividades interactivas y comunicativas entre los seres humanos, la esfera pública. En la acción, exploramos y afirmamos nuestra singularidad como seres humanos y buscamos la inmortalidad.

Durante los próximos 100 años, la inteligencia artificial y los sistemas robóticos dominarán cada vez más el trabajo y la mano de obra, produciendo las necesidades y los artefactos físicos de la vida humana y permitiendo que algunos más de nosotros ascendamos (Arendt lo presentó como una evolución ascendente; este es un juicio de valor cualitativo) al reino de la acción. Por supuesto, algunas personas pueden dedicarse a la mano de obra o al trabajo por elección, pero la elección es la distinción esencial.

La mayoría de los filósofos griegos antiguos priorizaron la contemplación sobre la acción como la cumbre del esfuerzo humano. Arendt luchó contra esta noción, argumentando a favor de la acción, algo con lo que está de acuerdo la cultura contemporánea. Sin embargo, al final, la acción y la contemplación funcionan mejor cuando se alían. Tenemos la oportunidad, tal vez la responsabilidad, de convertir nuestra curiosidad y naturaleza social en acción y contemplación.

Nos enfrentaremos a ajustes dramáticos en nuestra “vita activa” en las próximas décadas y cada uno de nosotros nos preguntaremos qué hacer y por qué. Esperamos que nuestros nietos sean libres de seguir una vida de compromiso y exploración, cultivar un huerto o cocinar. Si somos afortunados, esta será una elección más que una necesidad.

Arendt abrió “The Human Condition” con una advertencia sobre “una sociedad de trabajadores que está a punto de liberarse de las cadenas del trabajo”. ¿El peligro? que “esta sociedad ya no sabe de esas otras actividades más importantes y significativas, por el bien de las cuales merecería que se ganara esta libertad”. Arendt centró particularmente este desafío en la ideología comunista que tanto glorificaba al trabajo. 

Cuando nuestras máquinas nos liberan de cada vez más tareas, ¿a qué vamos a dirigir nuestras atenciones? Esta será la pregunta definitoria de nuestro próximo siglo. TOMADO DE Harvard Business.